Comienzo estas líneas relatando el recuerdo más lejano de mi vida, se vienen a mi mente varias cosas simultáneas pero que gracias a mis padres supe mas o menos el orden en que fueron sucediéndose. Primero viene a mi mente aquella habitación donde mi padre me ponía mis zapatillas y yo jugaba con él a ponerme una encima de otra, me encantaba hacer eso, me hacía reír, pasados como trece años mas o menos le pregunté cuando y dónde ocurrió eso y él me dijo: - Jugábamos así en Lima, cuando tenías dos años. De Lima tengo varios recuerdos, suena curioso pues viví ahí solo desde el primer año de vida hasta los dos años y medio. Recuerdo el edificio que con mis hermanos le decíamos "la casa torre", luego papá me explicó que "la casa torre" era el Hotel Sheraton que en aquel tiempo el ingreso estaba permitido para policías y sus familiares, recuerdo aquel ascensor de ese hotel que era transparente hacia la vista al mar y poco a poco se iba viendo una isla a medida que subía, quizás era la isla El Frontón o San Lorenzo, pero se veía espectacular. También recuerdo aquella noche que sin querer boté los tractores en miniatura que coleccionaba mi hermano, los boté de la ventana hacia la calle en aquella casa del Jirón Carabaya, esa vez mi hermano se enojó y lloró, creo que yo hubiera llorado peor a los seis años, sobre todo si sabía que esos tractores no volverían a aparecer. Recuerdo los "carros plátano" que les decíamos así por tener esa forma, eran un modelo antiguo de automóvil, como una especie de Volkswagen alargado, también los buses gusano que eran buses de servicio urbano que constaban de dos carros como vagones unidos por un acordeón flexible y que al girar se notaba una articulación mecánica bien llamativa, mi hermano nos contó, cuando viajó a Lima en el año '95, antes que vayamos Diana y yo, que vio uno de los últimos buses de ese tipo, ya comenzaban a sacarlos de circulación. Estos son los recuerdos más remotos de mi infancia, de ahí solo me acuerdo de una noche en una sala gigante y yo sentado en el suelo preguntándoles a mis hermanos: - ¿Donde está mami? - Ha salido, me respondieron, no recuerdo cómo fue cuando regresó o de repente me encontró dormido. El próximo recuerdo se remonta a Moquegua, el primer día en la urbanización La Floresta donde vivimos los siguientes cuatro años antes de trasladarnos a Arequipa, estaba con mamá y ella estaba preocupada porque no abría la puerta, la llave no hacía girar el cerrojo.
Doy gracias a Dios por permitirme conservar aquellos recuerdos de mi infancia, que, a pesar de ser pocos, supe que fue la etapa de increíble inocencia, era el pollito menor, el más protegido y engreído de todos; callaba, miraba, reía y jugaba. Doy méritos a mis padres por darme la infancia de un niño normal, una etapa vivida de principio a fin, una especie de misión cumplida para saltar a la niñez, al traumático jardín, y a la oscura, angustiosa, apocalíptica y desesperante etapa que duró los once años del colegio.
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